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domingo, 2 de febrero de 2014

DL – El Catador de Emociones – Pt III – Cuenco Vacío 02/02/2014






Uno de los portales había caído destrozado, por todo el pasillo se regaban sus restos. El otro continuaba sujeto a los goznes con fragilidad, dispuesto a ceder en la próxima sacudida. Nubes de polvo y haces de luz atravesaban el espacio que dejaba el ausente portal, nublando, en su fusión, cualquier vestigio del exterior, creando, casi sin quererlo, un ambiente místico.

El murmullo de las explosiones no pudo evitar que oyera la voz del Padre a mi espalda, reclamando mi atención. Se oía quebrado por el miedo, pero aún aterrado, continuaba siendo un hombre testarudo; esa clase de hombre de iglesia que se siente con autoridad ante los hombres y ante las entidades que escapan a su adoctrinado entendimiento.



- ¡Tú… no eres un… padre! ¡Qué... qué clase de demonio eres! – exclamó, ahora de pie.



Decidí no prestarle atención, a fin de cuentas, para mí era sólo otro hombre más; y en ese momento, los hombres no me interesaban ni me despertaban ninguna curiosidad. Ya los conocía de principio a fin, hasta en lo más profundo de sus emociones, en lo que a mí respectaba, no existía más recoveco en el que hurgar.



- ¡Quién eres! ¡No...- el Padre vaciló- te atrevas a ignorarme!



                ¿Cuántos siglos habían pasado desde la última vez que había tenido contacto directo con un hombre? Habían pasado incalculables decenas, incluso antes de haberme confinado en el ataúd. Estaba habituado a las sombras, al sigilo y a la renuencia; sin embargo, me hallaba ahora expuesto y extrañamente despreocupado. Quizás no tenía otra opción que la de actuar sin escrúpulos, mi descanso se había interrumpido de un modo tan brusco que me obligaba a abandonar esa acechanza de jorobado del pueblo.



- ¿Quién crees que soy?- dije, casi en un susurro inaudible. Mi voz llevaba siglos limitada a resonar en lo etéreo de mis pensamientos. En mi garganta, mis cuerdas vocales debían estar cubiertas por una hermética capa de telas de araña y polvo.

               

                No logró escucharme, pero el simple hecho de haberme detenido y haberle respondido, tuvo un impacto mayor que las palabras. Perdió el equilibrio, trastabilló y cayó hacia atrás, amortiguando el golpe en las personas parapetadas junto a él. Asumí que mi impertinencia debió significar poco al lado de la cadavérica imagen de mi enjuto rostro, mirándolo de soslayo, seco y quebradizo como el rostro de una estatua de barro, con el resplandor de los ojos como único vestigio de vida. Sin más, di la vuelta y me dirigí al luminoso umbral, carecía de sentido continuar interactuando, él no estaba preparado y yo no tenía verdadero interés. Para mí, el cruce de palabras no había sido más que una prueba de relacionamiento con el entorno, materia en la cual llevaba siglos de atraso.



                La luz me abrazaba, mi cuerpo atravesaba el místico velo formado por luz y polvo, esa cortina incandescente y vibrante separando la casa de Dios y la tierra de Nod. Oh, revelación de revelaciones, oh, mundo desvelado; tras el umbral, una vez mis ojos se acostumbraron parcialmente a semejante luminosidad, la ciudad se explayaba caótica y humeante. En un primer vistazo irritado no fui capaz de entender lo que presenciaba, pero un instante más tarde caí en cuentas de lo contemplado. Una mezcla entre entusiasmo y aprensión me asaltó, pues la panorámica era espeluznante, mas, a su vez, era abrumadoramente vasta.



                Apostados en esquinas específicas, titánicos cañones miraban al cielo. Grupos de soldados realizaban esfuerzos sobrehumanos para cargarlos, dirigirlos y dispararlos. Cada cañonazo tensionaba sus músculos, hacía vibrar sus tripas y sacudía su cordura; cada disparo, según podía oler, era una prueba de Bernulli donde en cada éxito, se aumentaba la expectativa de vida un poco más; ésa por la que arañaban la corteza del firmamento, por la que golpeaban las puertas de Dios en cada estallido, gritando con el gutural de explosiones: ¡Dónde diablos estás! No sé si Dios era sordo, o indiferente u otario, pero el resultado es que aquí abajo todo seguía sosteniéndose con alfileres.



                Menos poético, menos metafórico, lo cierto era que si la destreza no acompañaba a estos soldados, los bombarderos iban a volver escombros a la hermosa ciudad de Colonia. Y estos, inacabables, surcaban el cielo como un cúmulo de libélulas que traía consigo la tormenta, una tormenta de hierro, de humo y de pólvora. Admirándola, me pregunté qué siniestros entretelones políticos, religiosos o étnicos justificaban tal despliegue de fuerza. ¿Existe, acaso, una justificación válida para que los hombres se aniquilen unos a otros? Hasta yo, en mi abismal indiferencia, podía contestar que no; pero seguro iba a encontrar respuestas más elocuentes que refutasen mi pensamiento en boca de políticos, intolerantes o sacerdotes.



                Avancé sobre la explanada frente a los portales, miles de almas en crisis se dejaban vislumbrar ocultas en los rincones menos esperados. Las percibía tras las paredes resquebrajadas de las casas, bajo tierra en los sótanos y en las calles. Bajé la escalera, caminé y continué por la calle a la que miraba la catedral, impasible, contemplando indiferente, pero a la vez maravillado por la novedad. Noté las miradas de soldados que se encontraban parapetados, pero principalmente noté su cordura descollar y languidecer frente a los cuestionamientos y la curiosidad. Se preguntaban si era un loco, un espectro o la misma muerte que había llegado desde algún confín oscuro entre las dimensiones para llevarse a los caídos.



Agucé mis percepciones arcanas para observarlos más por dentro, me acerqué a los subconscientes y adquirí una visión parcial de la masividad de la guerra… No pude evitarlo, fue embargador y casi satisfactorio: comprendí que para un ser como yo, no existiría el hambre. Esperaba llegar más lejos en el entendimiento del contexto sobre el cual me paraba, cuando un eco remoto, una conjunción de sonidos, atravesó mi enclenque forma física. ¡Eran palabras! Palabras gritadas a mi cara. Alguien se había acercado lo suficiente a mí mientras me encontraba en un estado de consciencia superior. ¿Cómo era posible? Si era sensible a la vibración, por más sutil que fuera, de cualquier mente, y al clamor de cualquier alma. ¿Cómo era posible? Si en un rango más que vasto, tenía reconocidos a todos los individuos. ¡Era sencillamente imposible! Llené las cuencas vacías de mis ojos y destapé mis oídos para estudiar a quien estaba ante mí, con el único medio por el cual se me revelaba, el medio físico.



Su rostro estaba ensombrecido bajo una gorra negra en la que fulguraban metálicamente un par de símbolos. Uno representaba una calavera y el otro a un águila de alas abiertas parada sobre un círculo que enmarcaba una cruz esvástica. Las facciones, sin embargo, se distinguían tajantes en las sombras. Era una chica, con no más de veinticinco años, con facciones delicadas, pero semblante serio, más bien furibundo. Bajo su cuello delgado, fino y pálido como el de un cisne, vestía un uniforme negro, ajustado, claramente militar, adornado con varias medallas bruñidas. En un alemán que me costó entender al principio, me inquiría sobre mis razones para vagar por la calle y me instaba a volver al agujero del cual había salido. Dilaté mi respuesta lo más que pude, perdiéndome en la sima de las elucubraciones, deshilvanando las costuras de explicaciones insatisfactorias y buscando antecedentes que dieran respuesta a la peculiar existencia de aquella joven, vacía o hermética, sin mente o sin alma, viva o muerta. ¡Cómo era posible! ¡Era una roca! ¡Un cadáver!



- Sólo camino, no tengo a dónde ir.- contesté, casi en un murmullo.

- ¡Vaya a la catedral, Padre! ¡No puede deambular por la calle! ¿No ve que estamos siendo bombardeados?- replicó, echando humo por los oídos.

- Dios está de mi lado hija. ¿Acaso está en el tu…- aquella pregunta incisiva que esperaba dejar latente fue interrumpida por una explosión cercana. La bomba cayó sobre un edificio aledaño y la onda expansiva nos lanzó de una acera a la otra, como una palmada escupe a lo lejos a la pelusa o al polvo…





Demian Loveless

(He vuelto...)

Link Parte I: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2011/10/dl-el-catador-de-emociones-pt-i.html

domingo, 23 de octubre de 2011

DL – El Catador de Emociones – Pt II – La Luz fuera de la Cripta – 23/10/2011




Me acuchillaron los haces de luz que cruzaron la rendija abierta. Mis ojos, que se habían abierto cuando comenzaron los cimbronazos y el ruido, fueron encandilados por el fulgor consiguiente. No pude evitar la contracción de mi rostro frente a semejante despliegue de luz, pareció que hasta mi pálida piel se irritó al instante.
Respiré hondo y sentí el polvo cosquilleándome las fosas nasales. Una aversión violenta me embargó, pues respiraba por primera vez en mucho tiempo un aire distinto, uno no viciado. Y como si de un personaje perteneciente al Mito de la Caverna se tratara, me sentí aplastado por un alud de realidad antes enmascarada. A mi estrecho espacio de acolchonadas paredes llegaba ese aluvión de mundo y me sentía forzado a experimentarlo, ¿cómo permanecer impertérrito ante semejante agresión?
Algo explotó cerca y todo vibró bruscamente, escuché cómo se derrumbaba el lugar mientras me sacudía en mi prisión como polizón en un barco arrastrado por la borrasca. La cubierta del ataúd terminó por abrirse de par en par y una nube de polvo me abrazó, protegiéndome ligeramente del ardor que descendía de los cielos.
A través de las brechas que comenzaban a abrirse, producto de algo que aún no descubría, oía la caótica barahúnda del entorno del que me había aislado. Mis oídos, que nunca habían sido buenos para escuchar sonidos que no provinieran del alma, captaban casi perfectamente las explosiones lejanas y cercanas.
Estiré un brazo. Los músculos, entumecidos y acalambrados, de suerte fueron capaces de llevar mi mano hacia donde pretendía; me sujeté de uno de los bordes e hice fuerza para incorporar mi torso. Moviendo el otro brazo con similar torpeza, alcancé a sujetarme del otro extremo y comencé a enderezarme. Lentamente, mis abdominales empezaron a contraerse y la piel de mi espalda empezó a estirarse, resquebrajándose como una hoja seca en otoño. Otra vez vibró el recinto y mi endeble agarre no resistió el sacudón. Mi espalda golpeó contra el lecho gastado de harapos que en otra época había sido un revestimiento acolchonado con superficie de seda. Los huesos puntiagudos de mi espina dorsal encontraron la madera casi sin amortiguación. Volví a intentarlo, algo embotado pero recuperando agilidad en cada movimiento; esta vez, logré quedar sentado. En vano escrutaba la nube de polvo y humo que todo lo envolvía y que tanto sofocaba. Ahora le tocaba el turno a mis enjutas piernas, rectas y tiesas como las estacas que sostenían a los musulmanes empalados. Una a la vez doblé las rodillas, moví de forma circular las piernas para aflojar los tobillos y bajé y levanté los dedos. Finalmente, me impulsé ayudado del apoyo de mis brazos y, como un niño que a tientas aprende a caminar, me alcé, mas caí fuera del ataúd, dándome de bruces contra la piedra musgosa.
Se iba disipando la bruma y mi rostro se hallaba achaparrado contra los bloques. Alcé la vista y vi el agujero sobre mí, aquel por el cual entraba la luz. Por lo que apreciaba y por lo que era capaz de recordar mi vetusta memoria, me encontraba unos tres pisos debajo del nivel del suelo. Se habían desmoronado varios pisos al costado de mi ataúd, tenía suerte de no haber sido aplastado. Y si bien quería morir, no estaba seguro si triturar mi cuerpo material iba a ser suficiente para lograrlo. El acceso a los túneles que llevaban a la superficie no estaba bloqueado y por entre la negrura lucía incólume. Debía abandonar el lugar cuanto antes.
Una, dos, tres, varias veces tuve que caer para lograr incorporarme con relativa firmeza. Crucé, apoyándome en las paredes, el umbral del pasillo principal; dejaba tras de mí aquella cripta repleta de anaqueles con ataúdes donde no había nada vivo que no fuera yo. Mis ojos agradecieron sumergirse en las tinieblas laberínticas. El conjunto de túneles y criptas que recorría, se encontraba bajo la Catedral de Colonia; la cámara donde me había refugiado se encontraba bajo el patio lateral de alguna de las dos torres, no podía recordar exactamente si se trataba de la torre izquierda o la torre derecha. Me tomó un buen tiempo, pero finalmente llegué a la entrada secreta que conectaba las bóvedas del sótano con los túneles. Aquella era la frontera entre el mundo conocido y el desconocido.
Con algo de esfuerzo logré accionar el mecanismo que deslizaba un muro ancho y pétreo, y que dejaba un hueco estrecho por el cual un hombre corpulento jamás podría ser capaz de pasar. Al otro lado, el murmullo de algunos miedos me embargó: había personas sobre mí, era capaz de percibirlo; su temor y su desconsuelo invadían el ambiente, colándose por cualquier rendija como un fragante e indisimulable efluvio. Algunas veces elucubraba sobre si Dios le había dado miedos a los hombres para poder detectarlos como yo hacía, donde quiera que se ocultaran. Porque aunque fueran mínimos, quizás imperceptibles para el huésped, los temores siempre estaban allí. Nadie estaba a salvo de los malos sentimientos y emociones, y la práctica indicaba que ni siquiera yo lo estaba.
La nave, de techo abovedado y con titánicas columnas de ladrillo a la vista, hacía pensar en una de esas bodegas subterráneas de los monasterios, donde los monjes guardaban las reservas  y el vino. En este caso, por el contrario, la nave y las galerías que la recorrían estaban prácticamente vacías, conservando una serie limitada de abalorios que no estaban para ser vistos por todo el público.
Un estruendo me sacó del ensimismamiento, la estructura vibró y por entre las grietas del techo se deslizaron pequeños torrentes de polvo. El miedo y el dolor aumentaron, descollaban en el entorno mohoso del sótano y mi espíritu empezaba a asimilarlo con regocijo. Estaba tan débil y llevaba tanto tiempo alimentándome con mi propio sufrimiento que aquella muestra ajena de emoción relegaba la apatía hacia el sabor de lo oscuro; ¿me curaría de la sensación de vacío que me había arrastrado al ostracismo? Imaginé que no, tan sólo estaba recuperando energías, pronto el empacho de masticar lo insano de este mundo me asquearía nuevamente.
Cataléptico, abandoné mi cuerpo y proyecté mi imagen etérea hacia el lugar desde donde provenía la mayor concentración de angustia. Eso que flotaba en el aire sin cuerpo, traslúcido, era mi propia esencia, tan prescindible del cuerpo que en tiempos remotos me había llegado a preguntar por qué no daba el salto definitivo que me separase de la materia; quizás no lo daba para no encadenarme a la real eternidad.
De una manera que un ser humano no sería capaz de imaginar, observé o sentí o distinguí seis presencias; un cura anciano, dos monaguillos y una mujer con dos niños pequeños. Los seis estaban parapetados contra un rincón, temblando y rezando trémulamente. Yacían tan cerca, tan juntos que a mis ojos parecían uno; pero su horror y su angustia los separaba y les brindaba la unicidad que para mí los destacaba. Sus espíritus se fracturaban, podía admirarlo, olerlo y saborearlo. Interpretando los matices del miedo, obtuve la información que necesitaba; sus conocimientos se me hacían un tanto nebulosos, empero, describían con suficiencia la situación que experimentábamos. Era una guerra, una gran guerra, y estábamos siendo atacados con bombas lanzadas desde el aire. No lo supe al momento, yo provenía de otra época, sin embargo, más tarde comprendí la constitución mecánica de los elementos que dirigían la violencia, esos que planeaban como aves y sobrevolaban aquel cielo.
Mi vieja estirpe, ya en ceniza y olvidada, profesaba un extraño morbo hacia el temor y el dolor de los niños. Su incomprensión completa del entorno los volvía irracionales, en cierto modo supersticiosos, y esa forma absurda e irreal del sentir extasiaba a mis semejantes. No obstante, nunca habían interiorizado lo suficiente, porque se limitaban a percibir lo más carnal de sus experiencias. Para mí, que rozaba el alma de los hombres con mis uñas puntiagudas, esa valuación estaba exacerbada en demasía, pues en lo que respecta a lo anímico, el adulto tiene mucho más que entregar. Él está más corrupto, ¿de qué sirve la pureza de un niño cuando buscamos corrupción?, recién se encuentran en la senda de la podredumbre de su diáfana alma; es mejor que crezcan, que engorde su siniestralidad, así pueden servir de verdadero alimento.
Los contemplé un buen rato; no se movían, no deseaban moverse, deseaban que todo terminara, que nuestra catedral dejara de vibrar, de resquebrajarse. Alcancé a sentirme satisfecho y volví a mi cuerpo con las provisiones. Ahora mi materia y mi energía estaban avivadas, me sentía ligeramente extasiado.
Caminé, desnudo como estaba, por el sótano y me hice con el atavío de un sacerdote, sacándolo de un enorme armario en el cual parecía que guardaban pertenencias de padres ya muertos; de alguna forma que mi inexistente humor no habría podido expresar, sentí irónico estar vistiendo las ropas de un muerto. Mientras subía la escalera que comunicaba el sótano con la planta baja, envuelto por un manto de lúgubres sombras, imaginé que mi porte delgado luciría igual a como luce una víbora envuelta por un saco holgado, escurriéndome allí dentro, a poco de que las prendas se deslizaran por mi piel y quedaran en el piso. Los vitrales habían caído, probablemente, al comienzo de los bombardeos, y por lo tanto, al asomar la cabeza, fui recibido por esa luminosidad enfermiza que por todo sitio se colaba sin dar tregua.
Ellos me vieron, parapetados allí desde donde estaban, salir del interior de las sombras y aparecer envuelto por la luz que iluminaba su crucificado santo; ellos se persignaron porque supieron que mi presencia carecía de sentido; ellos temieron, y mi indiferencia les hizo temer más…


Demian Loveless

(Todos los domingos un capítulo nuevo, si os ha gustado, comentad)
Link parte III: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2014/02/dl-el-catador-de-emociones-pt-iii.html

domingo, 16 de octubre de 2011

DL – El Catador de Emociones – Pt I - Confesión de un ataúd entreabierto 16/10/2011




Escuchaba, en silencio, cómo latía, en el remanso de lo anodino,  el murmullo de mis pulsaciones. La monotonía de la tonada, repetida durante yertos lustros de inercia, camuflaba la realidad de aquel vacío claustrofóbico e incrementaba mi apatía hacia la eternidad. Yacía boca arriba, con los ojos cerrados y la mente despierta, esperando el fin de mis días, esperando el inalcanzable sesgo que la muerte se negaba a brindarme.
Antes, trashumante incorregible, cuando recorría los senderos de los distintos presentes del hombre, me había alimentado de la corrosión de los espíritus, me había alimentado de emociones infaustas y de dolores soturnos. Ya estaba allí cuando andaban descalzos, y estuve allí cuando alzaron sus templos, y no dejé de estar cuando resonó el fulgor de sus primeros disparos. Estuve tanto tiempo, detenido frente a los portales observando cada instante, despertando los terrores de quienes se sienten observados; estuve tanto tiempo, caminando sobre sus huellas en la nieve y en la arena, acechando con susurros distantes; estuve tanto tiempo junto a ellos, saboreándolos sin que se dieran cuenta, que terminé volviéndome parte inmanente del hombre.
En tiempos remotos, vi otros como yo levantarse de los escombros de una antigüedad primigenia que incluso nosotros hemos olvidado, mas ninguno sobrevivió a los cambios, ninguno supo ser paciente, ninguno supo ser callado. Todos nos alimentábamos del dolor, pero no de los mismos componentes del dolor. Ellos comían lo físico, masticaban lo sensual y tangible del dolor; yo saboreaba lo psicológico y emocional, lo inacabable, lo que persiste aún luego de la herida, lo que logra comprometer el espíritu. En mi aparente pasividad, en mi silenciosa introversión, logré ser el más agudo. Lo físico extasía, satisface y excita nuestra existencia, pero es fugaz y jamás suficiente, pues probarlo incrementa el hambre y apenas nutre al cuerpo.
Nací como un observador silencioso de los comportamientos de mi mundo, y crecí admirando todo desde la penumbra. Pronto la observación comenzó a sumergirme en las parábolas internas de los hombres, comenzó a develarme todo lo que se desataba en su interior y comenzó a rasgar las barreras materiales que me separaban de sus almas. Así, más tarde, sin siquiera quererlo, sólo por el devenir de mi excepcional existencia, alcancé a fundirme en el consciente común.
Ya tarde, cuando caí en cuentas de que llevaba siglos merodeando en el interior de los corazones sin mayores compañías que mis pensamientos, cuando supe que mi cuerpo rozaba la obsolescencia  y seguía mis pasos por tradición, descubrí que no estaba experimentando placer y que las emociones ajenas me aburrían. Entonces me detuve, descubriendo una subrepticia apatía que durante un eón había permanecido disimulada. Creí que no era posible, pero era yo quien ahora experimentaba aquellas emociones que me habían mantenido vivo. Tras haber alcanzado y comprendido las raíces de los terrores humanos, tras una vida impersonal donde mi esencia había quedado relegada, empezaba a descubrir en mí mismo los vestigios aciagos de la corrosión.
Debatiéndome entre una singularidad evolutiva o la decadencia absoluta, cansado, viejo y perturbado, abandoné el dolor de los hombres y me embarqué en una abstrusa introspección de mis dolores. Decidí encerrarme en un ataúd de cedro con ribetes de bronce torneado, en un lugar remoto y obscuro al que la vida parecía rehuirle. Reflexionaría hasta tocar mi esencia y encontraría el aparentemente justo final de mis días. No obstante, el tiempo transcurrió y no se presentó la muerte. En el silencio y las tinieblas, caí en cuentas de que quizá era inmortal.
La infinita espera en el ataúd, tan melancólica y tan ausente del paso del tiempo, finalmente fue perturbada en aquel momento en que, como en todos los anteriores, escuchaba el palpitar atribulado de mi corazón. Todo tembló, algo pareció desmoronarse, y el sello de mi ataúd se rompió repentinamente. Dado que la madera se había ido hinchando y torciendo por acción de la humedad, al romperse la traba, la cubierta se abrió sutilmente y dejó entrar unos cegadores haces de luz…


Demian Loveless


Primera entrega de éste, mi nuevo e improvisado personaje, El Catador de Emociones, precediendo al personaje de mi inacabada novela, El Desconocido, quien nació años atrás, lixiviado de mí mismo.
(Todas las imágenes utilizadas en mis posts son de mi autoría)
Link Parte II: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2011/10/dl-el-catador-de-emociones-pt-ii-la-luz.html

domingo, 9 de octubre de 2011

Día Dos


Solía tener la sensación de que tanto los días como las noches sólo tenían sentido cuando conseguía esas "migajas" de atención por las que se desvelaba, por las que hipotecaba sus horas de sueño, por las que esperaba todo el día...

Siempre me gustó más pensar que están en mis pesadillas, mis ellas, ÉL, los que me importan... tengo la sensación de que eso es justamente lo que les da forma, lo que los convierte en verdaderos protagonistas de mis días... porque el que estén en mis pesadillas asegura que no pueda olvidarlos cuando me despierte, como suele suceder con los personajes de los sueños... les da continuidad en la bruma, los pinta de colores para que no se pierdan...los ancla en Horrorland... me ancla con ellos...


Ser_Esto

domingo, 18 de septiembre de 2011

El primer día...

El primer día, hay quienes dicen que un DIOS creo el cielo y la tierra...
Yo, la dueñas de todas "LasEllas" desde un lugar un poco más humilde, solamente voy a dejar un par de ideas salpicadas sobre mis motivaciones para hacer "ESTO" de momento...
"ESTO" va de una idea, una propuesta, un tema de conversación, discusión, un sueño...algun intangible de esos que se pueden dibujar con palabras...Va de compartir esa idea, de pintarla con mis colores para compartirla... Va de descubrir los colores de otro sobre lo mismo, de pintar sobre la pintura de otro, o de dejar que alguien sobreescriba la mía...
Va de compartir un espacio, uno donde pueda sacarme el corazón del pecho y no esté "El Hombre de mi Pesadillas" para escupirlo...
Va de recuperar la impunidad que desde el lugar en que se dibuja con palabras uno suele tener cuando se lo propone....

                                                                                                                   ser_esto

DL – Presentación – 18/09/2011



       
        Siempre me han fascinado mis sueños, cómo es que mi subconsciente se las ingenia para cuidar todos los detalles de lo sensorial: la humedad en una pared, el frío, las nubes en el cielo, el resplandor que atraviesa los cristales, los rostros, los ruidos sutiles del entorno. Y de mis sueños, lo que más me ha fascinado siempre son las pesadillas, quizá sea por esa inherente atracción que siento hacia las expresiones más conturbadoras de nuestra esencia. Antes las disfrutaba, las vivía y al despertar me encontraba excitado, satisfecho de emociones turbias; pero con el tiempo ha cambiado, los sentimientos han trasmutado y luego de experimentar cada vesania, me despierto desolado. Despierto trayendo conmigo la aversión, con el horror enraizado en la psique, con las entrañas revueltas y la mente embotada; entonces, otra vez en la realidad, miro en retrospectiva los sucesos oníricos que me llevaron a semejante estado de conturbación, deshilvano esa madeja de imágenes y sensaciones antes de que se pase la fecha de caducidad. Cuando logro mi cometido intento volver a dormir, ansío volver a dormir, no para retomar el sueño, como hacía antes, sino para borrar de mi alma las desgarradoras impresiones de la pesadilla, para refrescarme y recuperar la calma. Algunas veces debo levantarme porque se hace la hora, y sin embargo retraso mis actividades todo lo que puedo para poder dormir un poco más, busco limpiarme el barro y la sangre. De lo contrario, de no poder dormir, la aprensión me persigue al principio del día como una nube negra ensombreciendo mi cielo.
        El problema de mis pesadillas es que suceden a menudo, y de hecho, ocupan un buen porcentaje del soñar; entonces muchas veces retorno al sueño esperando limpiar mi mente y termino cayendo en otro foso de tormento tan o más negro que el anterior. Y así estoy un sinfín de mis horas de sueño, saltando de una tragedia en otra, errando de un símbolo en otro.
        Sí, recurro al láudano para dormir, desde hace un buen tiempo, pero no es esa mi anatema, mi anatema es el ahondamiento del miedo irracional y la exacerbación de mis sentidos oníricos.
        Esta es mi presentación, la escogí porque acabo de despertar de una serie de pesadillas extrañas y no pude volver a dormir, y decidí, en consecuencia, dejar de mí lo más inmediato. Y en fin, ya que este espacio planea ser un resquicio yermo y siempre nublado, la temática se ajustaba perfectamente al contexto general. Más tarde, quizá, LasEllas tenga algo que decir.


Demian Loveless