Uno de los portales había
caído destrozado, por todo el pasillo se regaban sus restos. El otro continuaba
sujeto a los goznes con fragilidad, dispuesto a ceder en la próxima sacudida.
Nubes de polvo y haces de luz atravesaban el espacio que dejaba el ausente
portal, nublando, en su fusión, cualquier vestigio del exterior, creando, casi
sin quererlo, un ambiente místico.
El murmullo de las explosiones
no pudo evitar que oyera la voz del Padre a mi espalda, reclamando mi atención.
Se oía quebrado por el miedo, pero aún aterrado, continuaba siendo un hombre
testarudo; esa clase de hombre de iglesia que se siente con autoridad ante los
hombres y ante las entidades que escapan a su adoctrinado entendimiento.
- ¡Tú… no eres un… padre! ¡Qué... qué clase de demonio
eres! – exclamó, ahora de pie.
Decidí no prestarle atención,
a fin de cuentas, para mí era sólo otro hombre más; y en ese momento, los
hombres no me interesaban ni me despertaban ninguna curiosidad. Ya los conocía
de principio a fin, hasta en lo más profundo de sus emociones, en lo que a mí
respectaba, no existía más recoveco en el que hurgar.
- ¡Quién eres! ¡No...- el Padre vaciló- te atrevas a
ignorarme!
¿Cuántos
siglos habían pasado desde la última vez que había tenido contacto directo con
un hombre? Habían pasado incalculables decenas, incluso antes de haberme
confinado en el ataúd. Estaba habituado a las sombras, al sigilo y a la
renuencia; sin embargo, me hallaba ahora expuesto y extrañamente despreocupado.
Quizás no tenía otra opción que la de actuar sin escrúpulos, mi descanso se
había interrumpido de un modo tan brusco que me obligaba a abandonar esa
acechanza de jorobado del pueblo.
- ¿Quién crees que soy?- dije, casi en un susurro
inaudible. Mi voz llevaba siglos limitada a resonar en lo etéreo de mis
pensamientos. En mi garganta, mis cuerdas vocales debían estar cubiertas por
una hermética capa de telas de araña y polvo.
No
logró escucharme, pero el simple hecho de haberme detenido y haberle respondido,
tuvo un impacto mayor que las palabras. Perdió el equilibrio, trastabilló y
cayó hacia atrás, amortiguando el golpe en las personas parapetadas junto a él.
Asumí que mi impertinencia debió significar poco al lado de la cadavérica
imagen de mi enjuto rostro, mirándolo de soslayo, seco y quebradizo como el
rostro de una estatua de barro, con el resplandor de los ojos como único
vestigio de vida. Sin más, di la vuelta y me dirigí al luminoso umbral, carecía
de sentido continuar interactuando, él no estaba preparado y yo no tenía
verdadero interés. Para mí, el cruce de palabras no había sido más que una
prueba de relacionamiento con el entorno, materia en la cual llevaba siglos de
atraso.
La
luz me abrazaba, mi cuerpo atravesaba el místico velo formado por luz y polvo,
esa cortina incandescente y vibrante separando la casa de Dios y la tierra de
Nod. Oh, revelación de revelaciones, oh, mundo desvelado; tras el umbral, una
vez mis ojos se acostumbraron parcialmente a semejante luminosidad, la ciudad
se explayaba caótica y humeante. En un primer vistazo irritado no fui capaz de
entender lo que presenciaba, pero un instante más tarde caí en cuentas de lo
contemplado. Una mezcla entre entusiasmo y aprensión me asaltó, pues la
panorámica era espeluznante, mas, a su vez, era abrumadoramente vasta.
Apostados
en esquinas específicas, titánicos cañones miraban al cielo. Grupos de soldados
realizaban esfuerzos sobrehumanos para cargarlos, dirigirlos y dispararlos.
Cada cañonazo tensionaba sus músculos, hacía vibrar sus tripas y sacudía su
cordura; cada disparo, según podía oler, era una prueba de Bernulli donde en
cada éxito, se aumentaba la expectativa de vida un poco más; ésa por la que
arañaban la corteza del firmamento, por la que golpeaban las puertas de Dios en
cada estallido, gritando con el gutural de explosiones: ¡Dónde diablos estás! No
sé si Dios era sordo, o indiferente u otario, pero el resultado es que aquí
abajo todo seguía sosteniéndose con alfileres.
Menos
poético, menos metafórico, lo cierto era que si la destreza no acompañaba a
estos soldados, los bombarderos iban a volver escombros a la hermosa ciudad de
Colonia. Y estos, inacabables, surcaban el cielo como un cúmulo de libélulas
que traía consigo la tormenta, una tormenta de hierro, de humo y de pólvora.
Admirándola, me pregunté qué siniestros entretelones políticos, religiosos o
étnicos justificaban tal despliegue de fuerza. ¿Existe, acaso, una
justificación válida para que los hombres se aniquilen unos a otros? Hasta yo,
en mi abismal indiferencia, podía contestar que no; pero seguro iba a encontrar
respuestas más elocuentes que refutasen mi pensamiento en boca de políticos,
intolerantes o sacerdotes.
Avancé
sobre la explanada frente a los portales, miles de almas en crisis se dejaban
vislumbrar ocultas en los rincones menos esperados. Las percibía tras las
paredes resquebrajadas de las casas, bajo tierra en los sótanos y en las calles.
Bajé la escalera, caminé y continué por la calle a la que miraba la catedral,
impasible, contemplando indiferente, pero a la vez maravillado por la novedad. Noté
las miradas de soldados que se encontraban parapetados, pero principalmente
noté su cordura descollar y languidecer frente a los cuestionamientos y la
curiosidad. Se preguntaban si era un loco, un espectro o la misma muerte que
había llegado desde algún confín oscuro entre las dimensiones para llevarse a
los caídos.
Agucé mis percepciones arcanas
para observarlos más por dentro, me acerqué a los subconscientes y adquirí una
visión parcial de la masividad de la guerra… No pude evitarlo, fue embargador y
casi satisfactorio: comprendí que para un ser como yo, no existiría el hambre.
Esperaba llegar más lejos en el entendimiento del contexto sobre el cual me
paraba, cuando un eco remoto, una conjunción de sonidos, atravesó mi enclenque
forma física. ¡Eran palabras! Palabras gritadas a mi cara. Alguien se había
acercado lo suficiente a mí mientras me encontraba en un estado de consciencia
superior. ¿Cómo era posible? Si era sensible a la vibración, por más sutil que
fuera, de cualquier mente, y al clamor de cualquier alma. ¿Cómo era posible? Si
en un rango más que vasto, tenía reconocidos a todos los individuos. ¡Era
sencillamente imposible! Llené las cuencas vacías de mis ojos y destapé mis
oídos para estudiar a quien estaba ante mí, con el único medio por el cual se
me revelaba, el medio físico.
Su rostro estaba ensombrecido
bajo una gorra negra en la que fulguraban metálicamente un par de símbolos. Uno
representaba una calavera y el otro a un águila de alas abiertas parada sobre
un círculo que enmarcaba una cruz esvástica. Las facciones, sin embargo, se
distinguían tajantes en las sombras. Era una chica, con no más de veinticinco
años, con facciones delicadas, pero semblante serio, más bien furibundo. Bajo
su cuello delgado, fino y pálido como el de un cisne, vestía un uniforme negro,
ajustado, claramente militar, adornado con varias medallas bruñidas. En un
alemán que me costó entender al principio, me inquiría sobre mis razones para
vagar por la calle y me instaba a volver al agujero del cual había salido.
Dilaté mi respuesta lo más que pude, perdiéndome en la sima de las
elucubraciones, deshilvanando las costuras de explicaciones insatisfactorias y
buscando antecedentes que dieran respuesta a la peculiar existencia de aquella
joven, vacía o hermética, sin mente o sin alma, viva o muerta. ¡Cómo era
posible! ¡Era una roca! ¡Un cadáver!
- Sólo camino, no tengo a dónde ir.- contesté, casi en un
murmullo.
- ¡Vaya a la catedral, Padre! ¡No puede deambular por la
calle! ¿No ve que estamos siendo bombardeados?- replicó, echando humo por los
oídos.
- Dios está de mi lado hija. ¿Acaso está en el tu…-
aquella pregunta incisiva que esperaba dejar latente fue interrumpida por una
explosión cercana. La bomba cayó sobre un edificio aledaño y la onda expansiva
nos lanzó de una acera a la otra, como una palmada escupe a lo lejos a la
pelusa o al polvo…
Demian Loveless
(He vuelto...)
Link Parte I: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2011/10/dl-el-catador-de-emociones-pt-i.html





