Escuchaba, en silencio, cómo latía, en el remanso de lo anodino, el murmullo de mis pulsaciones. La monotonía de la tonada, repetida durante yertos lustros de inercia, camuflaba la realidad de aquel vacío claustrofóbico e incrementaba mi apatía hacia la eternidad. Yacía boca arriba, con los ojos cerrados y la mente despierta, esperando el fin de mis días, esperando el inalcanzable sesgo que la muerte se negaba a brindarme.
Antes, trashumante incorregible, cuando recorría los senderos de los distintos presentes del hombre, me había alimentado de la corrosión de los espíritus, me había alimentado de emociones infaustas y de dolores soturnos. Ya estaba allí cuando andaban descalzos, y estuve allí cuando alzaron sus templos, y no dejé de estar cuando resonó el fulgor de sus primeros disparos. Estuve tanto tiempo, detenido frente a los portales observando cada instante, despertando los terrores de quienes se sienten observados; estuve tanto tiempo, caminando sobre sus huellas en la nieve y en la arena, acechando con susurros distantes; estuve tanto tiempo junto a ellos, saboreándolos sin que se dieran cuenta, que terminé volviéndome parte inmanente del hombre.
En tiempos remotos, vi otros como yo levantarse de los escombros de una antigüedad primigenia que incluso nosotros hemos olvidado, mas ninguno sobrevivió a los cambios, ninguno supo ser paciente, ninguno supo ser callado. Todos nos alimentábamos del dolor, pero no de los mismos componentes del dolor. Ellos comían lo físico, masticaban lo sensual y tangible del dolor; yo saboreaba lo psicológico y emocional, lo inacabable, lo que persiste aún luego de la herida, lo que logra comprometer el espíritu. En mi aparente pasividad, en mi silenciosa introversión, logré ser el más agudo. Lo físico extasía, satisface y excita nuestra existencia, pero es fugaz y jamás suficiente, pues probarlo incrementa el hambre y apenas nutre al cuerpo.
Nací como un observador silencioso de los comportamientos de mi mundo, y crecí admirando todo desde la penumbra. Pronto la observación comenzó a sumergirme en las parábolas internas de los hombres, comenzó a develarme todo lo que se desataba en su interior y comenzó a rasgar las barreras materiales que me separaban de sus almas. Así, más tarde, sin siquiera quererlo, sólo por el devenir de mi excepcional existencia, alcancé a fundirme en el consciente común.
Ya tarde, cuando caí en cuentas de que llevaba siglos merodeando en el interior de los corazones sin mayores compañías que mis pensamientos, cuando supe que mi cuerpo rozaba la obsolescencia y seguía mis pasos por tradición, descubrí que no estaba experimentando placer y que las emociones ajenas me aburrían. Entonces me detuve, descubriendo una subrepticia apatía que durante un eón había permanecido disimulada. Creí que no era posible, pero era yo quien ahora experimentaba aquellas emociones que me habían mantenido vivo. Tras haber alcanzado y comprendido las raíces de los terrores humanos, tras una vida impersonal donde mi esencia había quedado relegada, empezaba a descubrir en mí mismo los vestigios aciagos de la corrosión.
Debatiéndome entre una singularidad evolutiva o la decadencia absoluta, cansado, viejo y perturbado, abandoné el dolor de los hombres y me embarqué en una abstrusa introspección de mis dolores. Decidí encerrarme en un ataúd de cedro con ribetes de bronce torneado, en un lugar remoto y obscuro al que la vida parecía rehuirle. Reflexionaría hasta tocar mi esencia y encontraría el aparentemente justo final de mis días. No obstante, el tiempo transcurrió y no se presentó la muerte. En el silencio y las tinieblas, caí en cuentas de que quizá era inmortal.
La infinita espera en el ataúd, tan melancólica y tan ausente del paso del tiempo, finalmente fue perturbada en aquel momento en que, como en todos los anteriores, escuchaba el palpitar atribulado de mi corazón. Todo tembló, algo pareció desmoronarse, y el sello de mi ataúd se rompió repentinamente. Dado que la madera se había ido hinchando y torciendo por acción de la humedad, al romperse la traba, la cubierta se abrió sutilmente y dejó entrar unos cegadores haces de luz…
Demian Loveless
Primera entrega de éste, mi nuevo e improvisado personaje, El Catador de Emociones, precediendo al personaje de mi inacabada novela, El Desconocido, quien nació años atrás, lixiviado de mí mismo.
(Todas las imágenes utilizadas en mis posts son de mi autoría)
Link Parte II: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2011/10/dl-el-catador-de-emociones-pt-ii-la-luz.html
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