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domingo, 23 de octubre de 2011

DL – El Catador de Emociones – Pt II – La Luz fuera de la Cripta – 23/10/2011




Me acuchillaron los haces de luz que cruzaron la rendija abierta. Mis ojos, que se habían abierto cuando comenzaron los cimbronazos y el ruido, fueron encandilados por el fulgor consiguiente. No pude evitar la contracción de mi rostro frente a semejante despliegue de luz, pareció que hasta mi pálida piel se irritó al instante.
Respiré hondo y sentí el polvo cosquilleándome las fosas nasales. Una aversión violenta me embargó, pues respiraba por primera vez en mucho tiempo un aire distinto, uno no viciado. Y como si de un personaje perteneciente al Mito de la Caverna se tratara, me sentí aplastado por un alud de realidad antes enmascarada. A mi estrecho espacio de acolchonadas paredes llegaba ese aluvión de mundo y me sentía forzado a experimentarlo, ¿cómo permanecer impertérrito ante semejante agresión?
Algo explotó cerca y todo vibró bruscamente, escuché cómo se derrumbaba el lugar mientras me sacudía en mi prisión como polizón en un barco arrastrado por la borrasca. La cubierta del ataúd terminó por abrirse de par en par y una nube de polvo me abrazó, protegiéndome ligeramente del ardor que descendía de los cielos.
A través de las brechas que comenzaban a abrirse, producto de algo que aún no descubría, oía la caótica barahúnda del entorno del que me había aislado. Mis oídos, que nunca habían sido buenos para escuchar sonidos que no provinieran del alma, captaban casi perfectamente las explosiones lejanas y cercanas.
Estiré un brazo. Los músculos, entumecidos y acalambrados, de suerte fueron capaces de llevar mi mano hacia donde pretendía; me sujeté de uno de los bordes e hice fuerza para incorporar mi torso. Moviendo el otro brazo con similar torpeza, alcancé a sujetarme del otro extremo y comencé a enderezarme. Lentamente, mis abdominales empezaron a contraerse y la piel de mi espalda empezó a estirarse, resquebrajándose como una hoja seca en otoño. Otra vez vibró el recinto y mi endeble agarre no resistió el sacudón. Mi espalda golpeó contra el lecho gastado de harapos que en otra época había sido un revestimiento acolchonado con superficie de seda. Los huesos puntiagudos de mi espina dorsal encontraron la madera casi sin amortiguación. Volví a intentarlo, algo embotado pero recuperando agilidad en cada movimiento; esta vez, logré quedar sentado. En vano escrutaba la nube de polvo y humo que todo lo envolvía y que tanto sofocaba. Ahora le tocaba el turno a mis enjutas piernas, rectas y tiesas como las estacas que sostenían a los musulmanes empalados. Una a la vez doblé las rodillas, moví de forma circular las piernas para aflojar los tobillos y bajé y levanté los dedos. Finalmente, me impulsé ayudado del apoyo de mis brazos y, como un niño que a tientas aprende a caminar, me alcé, mas caí fuera del ataúd, dándome de bruces contra la piedra musgosa.
Se iba disipando la bruma y mi rostro se hallaba achaparrado contra los bloques. Alcé la vista y vi el agujero sobre mí, aquel por el cual entraba la luz. Por lo que apreciaba y por lo que era capaz de recordar mi vetusta memoria, me encontraba unos tres pisos debajo del nivel del suelo. Se habían desmoronado varios pisos al costado de mi ataúd, tenía suerte de no haber sido aplastado. Y si bien quería morir, no estaba seguro si triturar mi cuerpo material iba a ser suficiente para lograrlo. El acceso a los túneles que llevaban a la superficie no estaba bloqueado y por entre la negrura lucía incólume. Debía abandonar el lugar cuanto antes.
Una, dos, tres, varias veces tuve que caer para lograr incorporarme con relativa firmeza. Crucé, apoyándome en las paredes, el umbral del pasillo principal; dejaba tras de mí aquella cripta repleta de anaqueles con ataúdes donde no había nada vivo que no fuera yo. Mis ojos agradecieron sumergirse en las tinieblas laberínticas. El conjunto de túneles y criptas que recorría, se encontraba bajo la Catedral de Colonia; la cámara donde me había refugiado se encontraba bajo el patio lateral de alguna de las dos torres, no podía recordar exactamente si se trataba de la torre izquierda o la torre derecha. Me tomó un buen tiempo, pero finalmente llegué a la entrada secreta que conectaba las bóvedas del sótano con los túneles. Aquella era la frontera entre el mundo conocido y el desconocido.
Con algo de esfuerzo logré accionar el mecanismo que deslizaba un muro ancho y pétreo, y que dejaba un hueco estrecho por el cual un hombre corpulento jamás podría ser capaz de pasar. Al otro lado, el murmullo de algunos miedos me embargó: había personas sobre mí, era capaz de percibirlo; su temor y su desconsuelo invadían el ambiente, colándose por cualquier rendija como un fragante e indisimulable efluvio. Algunas veces elucubraba sobre si Dios le había dado miedos a los hombres para poder detectarlos como yo hacía, donde quiera que se ocultaran. Porque aunque fueran mínimos, quizás imperceptibles para el huésped, los temores siempre estaban allí. Nadie estaba a salvo de los malos sentimientos y emociones, y la práctica indicaba que ni siquiera yo lo estaba.
La nave, de techo abovedado y con titánicas columnas de ladrillo a la vista, hacía pensar en una de esas bodegas subterráneas de los monasterios, donde los monjes guardaban las reservas  y el vino. En este caso, por el contrario, la nave y las galerías que la recorrían estaban prácticamente vacías, conservando una serie limitada de abalorios que no estaban para ser vistos por todo el público.
Un estruendo me sacó del ensimismamiento, la estructura vibró y por entre las grietas del techo se deslizaron pequeños torrentes de polvo. El miedo y el dolor aumentaron, descollaban en el entorno mohoso del sótano y mi espíritu empezaba a asimilarlo con regocijo. Estaba tan débil y llevaba tanto tiempo alimentándome con mi propio sufrimiento que aquella muestra ajena de emoción relegaba la apatía hacia el sabor de lo oscuro; ¿me curaría de la sensación de vacío que me había arrastrado al ostracismo? Imaginé que no, tan sólo estaba recuperando energías, pronto el empacho de masticar lo insano de este mundo me asquearía nuevamente.
Cataléptico, abandoné mi cuerpo y proyecté mi imagen etérea hacia el lugar desde donde provenía la mayor concentración de angustia. Eso que flotaba en el aire sin cuerpo, traslúcido, era mi propia esencia, tan prescindible del cuerpo que en tiempos remotos me había llegado a preguntar por qué no daba el salto definitivo que me separase de la materia; quizás no lo daba para no encadenarme a la real eternidad.
De una manera que un ser humano no sería capaz de imaginar, observé o sentí o distinguí seis presencias; un cura anciano, dos monaguillos y una mujer con dos niños pequeños. Los seis estaban parapetados contra un rincón, temblando y rezando trémulamente. Yacían tan cerca, tan juntos que a mis ojos parecían uno; pero su horror y su angustia los separaba y les brindaba la unicidad que para mí los destacaba. Sus espíritus se fracturaban, podía admirarlo, olerlo y saborearlo. Interpretando los matices del miedo, obtuve la información que necesitaba; sus conocimientos se me hacían un tanto nebulosos, empero, describían con suficiencia la situación que experimentábamos. Era una guerra, una gran guerra, y estábamos siendo atacados con bombas lanzadas desde el aire. No lo supe al momento, yo provenía de otra época, sin embargo, más tarde comprendí la constitución mecánica de los elementos que dirigían la violencia, esos que planeaban como aves y sobrevolaban aquel cielo.
Mi vieja estirpe, ya en ceniza y olvidada, profesaba un extraño morbo hacia el temor y el dolor de los niños. Su incomprensión completa del entorno los volvía irracionales, en cierto modo supersticiosos, y esa forma absurda e irreal del sentir extasiaba a mis semejantes. No obstante, nunca habían interiorizado lo suficiente, porque se limitaban a percibir lo más carnal de sus experiencias. Para mí, que rozaba el alma de los hombres con mis uñas puntiagudas, esa valuación estaba exacerbada en demasía, pues en lo que respecta a lo anímico, el adulto tiene mucho más que entregar. Él está más corrupto, ¿de qué sirve la pureza de un niño cuando buscamos corrupción?, recién se encuentran en la senda de la podredumbre de su diáfana alma; es mejor que crezcan, que engorde su siniestralidad, así pueden servir de verdadero alimento.
Los contemplé un buen rato; no se movían, no deseaban moverse, deseaban que todo terminara, que nuestra catedral dejara de vibrar, de resquebrajarse. Alcancé a sentirme satisfecho y volví a mi cuerpo con las provisiones. Ahora mi materia y mi energía estaban avivadas, me sentía ligeramente extasiado.
Caminé, desnudo como estaba, por el sótano y me hice con el atavío de un sacerdote, sacándolo de un enorme armario en el cual parecía que guardaban pertenencias de padres ya muertos; de alguna forma que mi inexistente humor no habría podido expresar, sentí irónico estar vistiendo las ropas de un muerto. Mientras subía la escalera que comunicaba el sótano con la planta baja, envuelto por un manto de lúgubres sombras, imaginé que mi porte delgado luciría igual a como luce una víbora envuelta por un saco holgado, escurriéndome allí dentro, a poco de que las prendas se deslizaran por mi piel y quedaran en el piso. Los vitrales habían caído, probablemente, al comienzo de los bombardeos, y por lo tanto, al asomar la cabeza, fui recibido por esa luminosidad enfermiza que por todo sitio se colaba sin dar tregua.
Ellos me vieron, parapetados allí desde donde estaban, salir del interior de las sombras y aparecer envuelto por la luz que iluminaba su crucificado santo; ellos se persignaron porque supieron que mi presencia carecía de sentido; ellos temieron, y mi indiferencia les hizo temer más…


Demian Loveless

(Todos los domingos un capítulo nuevo, si os ha gustado, comentad)
Link parte III: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2014/02/dl-el-catador-de-emociones-pt-iii.html

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