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domingo, 2 de febrero de 2014

DL – El Catador de Emociones – Pt III – Cuenco Vacío 02/02/2014






Uno de los portales había caído destrozado, por todo el pasillo se regaban sus restos. El otro continuaba sujeto a los goznes con fragilidad, dispuesto a ceder en la próxima sacudida. Nubes de polvo y haces de luz atravesaban el espacio que dejaba el ausente portal, nublando, en su fusión, cualquier vestigio del exterior, creando, casi sin quererlo, un ambiente místico.

El murmullo de las explosiones no pudo evitar que oyera la voz del Padre a mi espalda, reclamando mi atención. Se oía quebrado por el miedo, pero aún aterrado, continuaba siendo un hombre testarudo; esa clase de hombre de iglesia que se siente con autoridad ante los hombres y ante las entidades que escapan a su adoctrinado entendimiento.



- ¡Tú… no eres un… padre! ¡Qué... qué clase de demonio eres! – exclamó, ahora de pie.



Decidí no prestarle atención, a fin de cuentas, para mí era sólo otro hombre más; y en ese momento, los hombres no me interesaban ni me despertaban ninguna curiosidad. Ya los conocía de principio a fin, hasta en lo más profundo de sus emociones, en lo que a mí respectaba, no existía más recoveco en el que hurgar.



- ¡Quién eres! ¡No...- el Padre vaciló- te atrevas a ignorarme!



                ¿Cuántos siglos habían pasado desde la última vez que había tenido contacto directo con un hombre? Habían pasado incalculables decenas, incluso antes de haberme confinado en el ataúd. Estaba habituado a las sombras, al sigilo y a la renuencia; sin embargo, me hallaba ahora expuesto y extrañamente despreocupado. Quizás no tenía otra opción que la de actuar sin escrúpulos, mi descanso se había interrumpido de un modo tan brusco que me obligaba a abandonar esa acechanza de jorobado del pueblo.



- ¿Quién crees que soy?- dije, casi en un susurro inaudible. Mi voz llevaba siglos limitada a resonar en lo etéreo de mis pensamientos. En mi garganta, mis cuerdas vocales debían estar cubiertas por una hermética capa de telas de araña y polvo.

               

                No logró escucharme, pero el simple hecho de haberme detenido y haberle respondido, tuvo un impacto mayor que las palabras. Perdió el equilibrio, trastabilló y cayó hacia atrás, amortiguando el golpe en las personas parapetadas junto a él. Asumí que mi impertinencia debió significar poco al lado de la cadavérica imagen de mi enjuto rostro, mirándolo de soslayo, seco y quebradizo como el rostro de una estatua de barro, con el resplandor de los ojos como único vestigio de vida. Sin más, di la vuelta y me dirigí al luminoso umbral, carecía de sentido continuar interactuando, él no estaba preparado y yo no tenía verdadero interés. Para mí, el cruce de palabras no había sido más que una prueba de relacionamiento con el entorno, materia en la cual llevaba siglos de atraso.



                La luz me abrazaba, mi cuerpo atravesaba el místico velo formado por luz y polvo, esa cortina incandescente y vibrante separando la casa de Dios y la tierra de Nod. Oh, revelación de revelaciones, oh, mundo desvelado; tras el umbral, una vez mis ojos se acostumbraron parcialmente a semejante luminosidad, la ciudad se explayaba caótica y humeante. En un primer vistazo irritado no fui capaz de entender lo que presenciaba, pero un instante más tarde caí en cuentas de lo contemplado. Una mezcla entre entusiasmo y aprensión me asaltó, pues la panorámica era espeluznante, mas, a su vez, era abrumadoramente vasta.



                Apostados en esquinas específicas, titánicos cañones miraban al cielo. Grupos de soldados realizaban esfuerzos sobrehumanos para cargarlos, dirigirlos y dispararlos. Cada cañonazo tensionaba sus músculos, hacía vibrar sus tripas y sacudía su cordura; cada disparo, según podía oler, era una prueba de Bernulli donde en cada éxito, se aumentaba la expectativa de vida un poco más; ésa por la que arañaban la corteza del firmamento, por la que golpeaban las puertas de Dios en cada estallido, gritando con el gutural de explosiones: ¡Dónde diablos estás! No sé si Dios era sordo, o indiferente u otario, pero el resultado es que aquí abajo todo seguía sosteniéndose con alfileres.



                Menos poético, menos metafórico, lo cierto era que si la destreza no acompañaba a estos soldados, los bombarderos iban a volver escombros a la hermosa ciudad de Colonia. Y estos, inacabables, surcaban el cielo como un cúmulo de libélulas que traía consigo la tormenta, una tormenta de hierro, de humo y de pólvora. Admirándola, me pregunté qué siniestros entretelones políticos, religiosos o étnicos justificaban tal despliegue de fuerza. ¿Existe, acaso, una justificación válida para que los hombres se aniquilen unos a otros? Hasta yo, en mi abismal indiferencia, podía contestar que no; pero seguro iba a encontrar respuestas más elocuentes que refutasen mi pensamiento en boca de políticos, intolerantes o sacerdotes.



                Avancé sobre la explanada frente a los portales, miles de almas en crisis se dejaban vislumbrar ocultas en los rincones menos esperados. Las percibía tras las paredes resquebrajadas de las casas, bajo tierra en los sótanos y en las calles. Bajé la escalera, caminé y continué por la calle a la que miraba la catedral, impasible, contemplando indiferente, pero a la vez maravillado por la novedad. Noté las miradas de soldados que se encontraban parapetados, pero principalmente noté su cordura descollar y languidecer frente a los cuestionamientos y la curiosidad. Se preguntaban si era un loco, un espectro o la misma muerte que había llegado desde algún confín oscuro entre las dimensiones para llevarse a los caídos.



Agucé mis percepciones arcanas para observarlos más por dentro, me acerqué a los subconscientes y adquirí una visión parcial de la masividad de la guerra… No pude evitarlo, fue embargador y casi satisfactorio: comprendí que para un ser como yo, no existiría el hambre. Esperaba llegar más lejos en el entendimiento del contexto sobre el cual me paraba, cuando un eco remoto, una conjunción de sonidos, atravesó mi enclenque forma física. ¡Eran palabras! Palabras gritadas a mi cara. Alguien se había acercado lo suficiente a mí mientras me encontraba en un estado de consciencia superior. ¿Cómo era posible? Si era sensible a la vibración, por más sutil que fuera, de cualquier mente, y al clamor de cualquier alma. ¿Cómo era posible? Si en un rango más que vasto, tenía reconocidos a todos los individuos. ¡Era sencillamente imposible! Llené las cuencas vacías de mis ojos y destapé mis oídos para estudiar a quien estaba ante mí, con el único medio por el cual se me revelaba, el medio físico.



Su rostro estaba ensombrecido bajo una gorra negra en la que fulguraban metálicamente un par de símbolos. Uno representaba una calavera y el otro a un águila de alas abiertas parada sobre un círculo que enmarcaba una cruz esvástica. Las facciones, sin embargo, se distinguían tajantes en las sombras. Era una chica, con no más de veinticinco años, con facciones delicadas, pero semblante serio, más bien furibundo. Bajo su cuello delgado, fino y pálido como el de un cisne, vestía un uniforme negro, ajustado, claramente militar, adornado con varias medallas bruñidas. En un alemán que me costó entender al principio, me inquiría sobre mis razones para vagar por la calle y me instaba a volver al agujero del cual había salido. Dilaté mi respuesta lo más que pude, perdiéndome en la sima de las elucubraciones, deshilvanando las costuras de explicaciones insatisfactorias y buscando antecedentes que dieran respuesta a la peculiar existencia de aquella joven, vacía o hermética, sin mente o sin alma, viva o muerta. ¡Cómo era posible! ¡Era una roca! ¡Un cadáver!



- Sólo camino, no tengo a dónde ir.- contesté, casi en un murmullo.

- ¡Vaya a la catedral, Padre! ¡No puede deambular por la calle! ¿No ve que estamos siendo bombardeados?- replicó, echando humo por los oídos.

- Dios está de mi lado hija. ¿Acaso está en el tu…- aquella pregunta incisiva que esperaba dejar latente fue interrumpida por una explosión cercana. La bomba cayó sobre un edificio aledaño y la onda expansiva nos lanzó de una acera a la otra, como una palmada escupe a lo lejos a la pelusa o al polvo…





Demian Loveless

(He vuelto...)

Link Parte I: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2011/10/dl-el-catador-de-emociones-pt-i.html

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