Me acuchillaron los haces de
luz que cruzaron la rendija abierta. Mis ojos, que se habían abierto cuando
comenzaron los cimbronazos y el ruido, fueron encandilados por el fulgor
consiguiente. No pude evitar la contracción de mi rostro frente a semejante
despliegue de luz, pareció que hasta mi pálida piel se irritó al instante.
Respiré hondo y sentí el polvo
cosquilleándome las fosas nasales. Una aversión violenta me embargó, pues
respiraba por primera vez en mucho tiempo un aire distinto, uno no viciado. Y
como si de un personaje perteneciente al Mito de la Caverna se tratara, me
sentí aplastado por un alud de realidad antes enmascarada. A mi estrecho
espacio de acolchonadas paredes llegaba ese aluvión de mundo y me sentía
forzado a experimentarlo, ¿cómo permanecer impertérrito ante semejante
agresión?
Algo explotó cerca y todo
vibró bruscamente, escuché cómo se derrumbaba el lugar mientras me sacudía en
mi prisión como polizón en un barco arrastrado por la borrasca. La cubierta del
ataúd terminó por abrirse de par en par y una nube de polvo me abrazó,
protegiéndome ligeramente del ardor que descendía de los cielos.
A través de las brechas que
comenzaban a abrirse, producto de algo que aún no descubría, oía la caótica
barahúnda del entorno del que me había aislado. Mis oídos, que nunca habían
sido buenos para escuchar sonidos que no provinieran del alma, captaban casi
perfectamente las explosiones lejanas y cercanas.
Estiré un brazo. Los músculos,
entumecidos y acalambrados, de suerte fueron capaces de llevar mi mano hacia
donde pretendía; me sujeté de uno de los bordes e hice fuerza para incorporar
mi torso. Moviendo el otro brazo con similar torpeza, alcancé a sujetarme del
otro extremo y comencé a enderezarme. Lentamente, mis abdominales empezaron a
contraerse y la piel de mi espalda empezó a estirarse, resquebrajándose como una
hoja seca en otoño. Otra vez vibró el recinto y mi endeble agarre no resistió
el sacudón. Mi espalda golpeó contra el lecho gastado de harapos que en otra
época había sido un revestimiento acolchonado con superficie de seda. Los
huesos puntiagudos de mi espina dorsal encontraron la madera casi sin
amortiguación. Volví a intentarlo, algo embotado pero recuperando agilidad en
cada movimiento; esta vez, logré quedar sentado. En vano escrutaba la nube de
polvo y humo que todo lo envolvía y que tanto sofocaba. Ahora le tocaba el
turno a mis enjutas piernas, rectas y tiesas como las estacas que sostenían a
los musulmanes empalados. Una a la vez doblé las rodillas, moví de forma
circular las piernas para aflojar los tobillos y bajé y levanté los dedos.
Finalmente, me impulsé ayudado del apoyo de mis brazos y, como un niño que a
tientas aprende a caminar, me alcé, mas caí fuera del ataúd, dándome de bruces
contra la piedra musgosa.
Se iba disipando la bruma y mi
rostro se hallaba achaparrado contra los bloques. Alcé la vista y vi el agujero
sobre mí, aquel por el cual entraba la luz. Por lo que apreciaba y por lo que
era capaz de recordar mi vetusta memoria, me encontraba unos tres pisos debajo
del nivel del suelo. Se habían desmoronado varios pisos al costado de mi ataúd,
tenía suerte de no haber sido aplastado. Y si bien quería morir, no estaba
seguro si triturar mi cuerpo material iba a ser suficiente para lograrlo. El
acceso a los túneles que llevaban a la superficie no estaba bloqueado y por
entre la negrura lucía incólume. Debía abandonar el lugar cuanto antes.
Una, dos, tres, varias veces
tuve que caer para lograr incorporarme con relativa firmeza. Crucé, apoyándome
en las paredes, el umbral del pasillo principal; dejaba tras de mí aquella
cripta repleta de anaqueles con ataúdes donde no había nada vivo que no fuera
yo. Mis ojos agradecieron sumergirse en las tinieblas laberínticas. El conjunto
de túneles y criptas que recorría, se encontraba bajo la Catedral de Colonia;
la cámara donde me había refugiado se encontraba bajo el patio lateral de
alguna de las dos torres, no podía recordar exactamente si se trataba de la
torre izquierda o la torre derecha. Me tomó un buen tiempo, pero finalmente llegué
a la entrada secreta que conectaba las bóvedas del sótano con los túneles.
Aquella era la frontera entre el mundo conocido y el desconocido.
Con algo de esfuerzo logré
accionar el mecanismo que deslizaba un muro ancho y pétreo, y que dejaba un
hueco estrecho por el cual un hombre corpulento jamás podría ser capaz de
pasar. Al otro lado, el murmullo de algunos miedos me embargó: había personas
sobre mí, era capaz de percibirlo; su temor y su desconsuelo invadían el
ambiente, colándose por cualquier rendija como un fragante e indisimulable
efluvio. Algunas veces elucubraba sobre si Dios le había dado miedos a los
hombres para poder detectarlos como yo hacía, donde quiera que se ocultaran. Porque
aunque fueran mínimos, quizás imperceptibles para el huésped, los temores
siempre estaban allí. Nadie estaba a salvo de los malos sentimientos y
emociones, y la práctica indicaba que ni siquiera yo lo estaba.
La nave, de techo abovedado y
con titánicas columnas de ladrillo a la vista, hacía pensar en una de esas
bodegas subterráneas de los monasterios, donde los monjes guardaban las
reservas y el vino. En este caso, por el
contrario, la nave y las galerías que la recorrían estaban prácticamente
vacías, conservando una serie limitada de abalorios que no estaban para ser vistos
por todo el público.
Un estruendo me sacó del
ensimismamiento, la estructura vibró y por entre las grietas del techo se
deslizaron pequeños torrentes de polvo. El miedo y el dolor aumentaron,
descollaban en el entorno mohoso del sótano y mi espíritu empezaba a asimilarlo
con regocijo. Estaba tan débil y llevaba tanto tiempo alimentándome con mi
propio sufrimiento que aquella muestra ajena de emoción relegaba la apatía
hacia el sabor de lo oscuro; ¿me curaría de la sensación de vacío que me había
arrastrado al ostracismo? Imaginé que no, tan sólo estaba recuperando energías,
pronto el empacho de masticar lo insano de este mundo me asquearía nuevamente.
Cataléptico, abandoné mi
cuerpo y proyecté mi imagen etérea hacia el lugar desde donde provenía la mayor
concentración de angustia. Eso que flotaba en el aire sin cuerpo, traslúcido,
era mi propia esencia, tan prescindible del cuerpo que en tiempos remotos me
había llegado a preguntar por qué no daba el salto definitivo que me separase
de la materia; quizás no lo daba para no encadenarme a la real eternidad.
De una manera que un ser
humano no sería capaz de imaginar, observé o sentí o distinguí seis presencias;
un cura anciano, dos monaguillos y una mujer con dos niños pequeños. Los seis
estaban parapetados contra un rincón, temblando y rezando trémulamente. Yacían
tan cerca, tan juntos que a mis ojos parecían uno; pero su horror y su angustia
los separaba y les brindaba la unicidad que para mí los destacaba. Sus
espíritus se fracturaban, podía admirarlo, olerlo y saborearlo. Interpretando
los matices del miedo, obtuve la información que necesitaba; sus conocimientos
se me hacían un tanto nebulosos, empero, describían con suficiencia la situación
que experimentábamos. Era una guerra, una gran guerra, y estábamos siendo
atacados con bombas lanzadas desde el aire. No lo supe al momento, yo provenía
de otra época, sin embargo, más tarde comprendí la constitución mecánica de los
elementos que dirigían la violencia, esos que planeaban como aves y
sobrevolaban aquel cielo.
Mi vieja estirpe, ya en ceniza
y olvidada, profesaba un extraño morbo hacia el temor y el dolor de los niños.
Su incomprensión completa del entorno los volvía irracionales, en cierto modo
supersticiosos, y esa forma absurda e irreal del sentir extasiaba a mis
semejantes. No obstante, nunca habían interiorizado lo suficiente, porque se
limitaban a percibir lo más carnal de sus experiencias. Para mí, que rozaba el
alma de los hombres con mis uñas puntiagudas, esa valuación estaba exacerbada
en demasía, pues en lo que respecta a lo anímico, el adulto tiene mucho más que
entregar. Él está más corrupto, ¿de qué sirve la pureza de un niño cuando
buscamos corrupción?, recién se encuentran en la senda de la podredumbre de su
diáfana alma; es mejor que crezcan, que engorde su siniestralidad, así pueden
servir de verdadero alimento.
Los contemplé un buen rato; no
se movían, no deseaban moverse, deseaban que todo terminara, que nuestra
catedral dejara de vibrar, de resquebrajarse. Alcancé a sentirme satisfecho y
volví a mi cuerpo con las provisiones. Ahora mi materia y mi energía estaban
avivadas, me sentía ligeramente extasiado.
Caminé, desnudo como estaba,
por el sótano y me hice con el atavío de un sacerdote, sacándolo de un enorme
armario en el cual parecía que guardaban pertenencias de padres ya muertos; de
alguna forma que mi inexistente humor no habría podido expresar, sentí irónico
estar vistiendo las ropas de un muerto. Mientras subía la escalera que
comunicaba el sótano con la planta baja, envuelto por un manto de lúgubres
sombras, imaginé que mi porte delgado luciría igual a como luce una víbora
envuelta por un saco holgado, escurriéndome allí dentro, a poco de que las
prendas se deslizaran por mi piel y quedaran en el piso. Los vitrales habían
caído, probablemente, al comienzo de los bombardeos, y por lo tanto, al asomar
la cabeza, fui recibido por esa luminosidad enfermiza que por todo sitio se
colaba sin dar tregua.
Ellos me vieron, parapetados
allí desde donde estaban, salir del interior de las sombras y aparecer envuelto
por la luz que iluminaba su crucificado santo; ellos se persignaron porque
supieron que mi presencia carecía de sentido; ellos temieron, y mi indiferencia
les hizo temer más…
Demian Loveless
(Todos los domingos un capítulo nuevo, si os ha gustado, comentad)
Link parte III: http://lovelessylasellasenhorrorland.blogspot.com/2014/02/dl-el-catador-de-emociones-pt-iii.html
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